VICTORIA

VICTORIA

Soy Victoria; nací en abril de 1991; crecí y he vivido la mayor parte de mi vida en la provincia de Girona, hasta que me mudé a la de Toledo.

Gracias a Dios, tuve la bendición de hacer mi cursillo de cristiandad en octubre de 2024. En ese momento de mi vida sentía que necesitaba un parón, un respiro, un encuentro más íntimo con el Señor. Estaba buscando algo así como unos ejercicios espirituales, una experiencia de recogimiento, y aunque había hecho los ignacianos años atrás, esta vez no sabía muy bien por dónde tirar… hasta que el Señor me susurró “Cursillos de Cristiandad”.

Lo cierto es que apenas había oído hablar de ellos. Nadie me había invitado nunca, y no tenía claro ni siquiera si era algo católico o no. Pero cuando me vino a la cabeza —y tengo claro que fue el Señor quien me lo puso ahí—, lo busqué. Entré en la web, vi que efectivamente era una iniciativa de la Iglesia Católica y que justo, en pocos días, había uno. Dejé mi contacto, me llamaron, y sin pensarlo más, me apunté. Así, sin que nadie me lo propusiera directamente; fue Dios quien me invitó.

Yo vengo de una familia creyente; soy la novena de dieciséis hermanos y he vivido la fe desde niña. Siempre he ido a Misa, recibido los sacramentos con frecuencia y soñado y deseado la santidad, mi mayor meta, la principal en mi vida. Siempre he tenido una fe muy clara, nunca he dudado del amor de Dios ni de las verdades de la Iglesia; más eso no quita que, como todos, en ciertos momentos de la vida, una necesite parar, respirar hondo y reencontrarse con el Señor en profundidad, y eso fue para mí el cursillo: un volver al centro, un recordar lo esencial.

No fue una experiencia de “descubrir por primera vez” la fe —porque gracias a Dios la he conocido y amado desde siempre—, pero sí fue una experiencia de saborearla de una manera nueva. La estructura del cursillo me pareció preciosa, muy bien pensada, muy rica, ¡fue una gozada! Lo que más me marcó fue la vivencia fraterna. Sentí esa frescura, ese amor sincero entre los que estaban allí. Me recordó a los primeros cristianos, de los que se decía: «mirad cómo se aman»; eso es lo que más me impactó.

Después del cursillo vinieron las Ultreyas, las Reuniones de Grupo… doy gracias a Dios por las personas maravillosas que he conocido y sigo conociendo en este camino. Es una bendición; los quiero muchísimo, me ayudan y me sostienen. Es una alegría formar parte de esta gran familia.

Para mí, el cursillo fue como escuchar a Dios susurrándome: “Te amo siempre y no me olvido de ti, aunque tengas desafíos y preocupaciones”. Me ayudó a recordar que, aunque pongamos a Dios en el centro de nuestra vida, a veces las heridas, las adversidades o el cansancio pueden hacernos perder la paz. El cursillo fue un bálsamo, un volver a sentir que la Iglesia está viva; que no caminamos solos: que nos salvamos en racimo, como dicen.

Desde entonces he estado en clausuras, he hablado con muchos cursillistas, he escuchado sus testimonios… y no dejo de asombrarme de cómo Dios actúa a través del cursillo, como Dios nos ama hasta en nuestras miserias.

Hay personas que han vivido verdaderas conversiones, cambios radicales, sanaciones interiores. Es una experiencia transformadora, de esas que no se explican, sino que se viven, por eso, te invito a que hagas tu cursillo de Cristiandad, sin mostrar resistencia: Déjate encontrar y amar por Dios. Da igual si llevas años en la fe o si estás dando tus primeros pasos. Da igual si vas a Misa cada día o si te estás alejando… El Señor actúa, y nosotros no somos quién para juzgar ni decidir por otros lo que Dios puede hacer en sus corazones; lo mejor que podemos hacer es rezar e invitarles a vivir esa experiencia de encuentro con Cristo y con la Iglesia; y … dejar que el Espíritu Santo haga el resto.

¡No te quedes sin vivirlo!, y tampoco dejes de invitar a otros.

Siempre adelante con la fe.

Con cariño, Victoria.

De colores!

Ultreyas